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El limbo de los NoNatos

La cuestión de si los padres deben ser consultados sobre si abortar o no a su hija cuando ésta es menor de edad es en la práctica un punto menos trascendente que otros muchos problemas que esa decisión plantea a diario, ya que cada caso que se dé debe ser resuelto de forma individual después de conocer y sopesar con el máximo nivel de conciencia todas y cada una de las circunstancias particulares que se den en cada ocasión. De momento y tal como están las cosas todavía en la práctica médica casi siempre ocurrirá así.

Me explicaré:

Un aborto provocado hay que hacerlo siempre mediante medios instrumentales o administrando medicamentos; pues bien, unos y otros están controlados por adultos sanitarios; por lo tanto, la menor que se vea en la necesidad de abortar siempre deberá contar con la aprobación de al menos un adulto para lograr su propósito, si quiere hacerlo legalmente y con un mínimo de riesgos.

Lo que el sistema imperante que sea debe proporcionar y garantizar al máximo es que los intermediarios sean siempre los mínimos, buenos profesionales bien dispuestos, maduros como personas y con ética profesional intachable, y que se vean obligados mediante el correspondiente protocolo a cumplimentar todas las cuestiones concernientes al caso particular de que se trate en la misma medida que la experiencia médica y sociológica aconseje como imprescindibles.

Si se cumplen estos requisitos, lo más frecuente es que el o los profesionales encargados del caso estén en condiciones de decidir si es posible o conveniente enterar a los padres de la decisión que se adopte; y esto porque en el caso de que se haya convenido en abortar, el consultar a otros, sean padres, tutores, etc., puede redundar en retrasar el procedimiento y en aumentar innecesariamente la complejidad del caso y sus repercusiones negativas o complicaciones.

Diré que un aborto provocado con supervisión médica -recién hecho el diagnóstico hormonal del embarazo y antes de que los signos ecográficos de vida hayan sido evidentes- difiere poco en la práctica de la situación que se da al llevar puesto un DIU o al utilizar el método de control de la natalidad llamado la píldora del día siguiente; mientras que si ya se ha diagnosticado con toda evidencia la vida intrauterina, el nombre que demos a lo que se va a hacer al interrumpir la gestación es ya opinable en conciencia y no es una cuestión baladí para muchas personas; cuando se abortan embriones ya plenamente desarrollados o incluso fetos con varios meses de vida intrauterina después de haberlos visto vivir ante nuestros ojos una o varias veces, moviéndose, respirando y latiendo su corazón, el negar que eso es un asesinato, legal o no, es una de las tantas contradicciones en que suelen incurrir todas las sociedades del planeta, sin que vaya yo a dar ejemplos de las tales contradicciones para no mover a nadie a polemizar.

Lo hasta aquí expuesto sobre el problema debatido se fundamenta en dos puntos conceptuales inamovibles de mi mundo de valores actual -cimentado sobre muchos años en activo como ginecólogo y como padre y abuelo- que son:

1) En esencia las posturas personales diferenciadas sobre el tema en cuestión no son más que dos al margen de la hipocresía, la ligereza de cascos y los fanatismos: una la de los que viven la sexualidad como base de una vida íntegra que incluye la reproducción y la responsabilidad con sus resultados, o sea que se embarcan en el sexo con el objetivo final de tener descendencia y de comprometerse con ella en la medida de sus fuerzas; y, la otra, la de los que consideran que la sexualidad se debe vivir la mayor parte del tiempo al margen de la reproducción. No entro ni salgo en defensa de una u otra posición, aunque sí que me siento en la obligación de decir que la mía es la primera y que la actividad sexual me ha ayudado siempre a sacar mi familia adelante. Sin embargo, como la posición predominante en occidente es la segunda, el acotar el punto en que en cada caso que se presente haya que interrumpir el proceso reproductivo variará según el tiempo y las circunstancias, y para ello lo mejor es que lo decida la ciencia y la experiencia de la vida con las aportaciones de la biología, la medicina, la sociología, la ética, etc.

2) En cuanto al derecho de los padres a ser consultados, expongo aquí que según y cómo; porque si los padres son personas razonables, han educado bien a sus hijos, los han criado dándoles a diario auténtico cariño y están en verdad por ellos, no habrá ningún problema en consultarles y la propia adolescente así lo reconocerá; pero si ese no es el caso y la adolescente se niega a que involucremos a sus padres, ¿qué nos obliga siquiera a enterarlos y para qué?

Para acabar diré que lo más importante hoy en día tal como están las cosas es que la adolescente embarazada tenga la puerta abierta para consultar con la persona adecuada lo antes posible.

Gracias por leerme. www.alejandronavarrogil.es

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